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Me encontré sola después de un año. Deprimida por el ruído, la contaminación ambiental, inseguridad en la calle, el estrés en la gran ciudad y la pérdida de una persona amada. Por insistencia de doctores, amigos y familiares, pisé un 19 de Abril por primera vez el suelo de esta pequeña y hermosa isla. Me dispuse a bajar del ferry con la esperanza de que algo grande sucedería, al menos eso me decían. Estaba atenta entonces a cualquier cosa que ocurriera y que supuestamente cambiaría mi vida.
Solía restarle importancia a la fuerza positiva del mar y el cambio de ambiente que se hace necesario cuando quieres limpiar el lado interno de tu vida, eso pasó, sin darme cuenta. Todo fue tan rápido, que si me lo hubieran contado no lo creería. Llegué con los grandes ojos marrones y vivaces, maquillados con mucho rismel pertenecientes a una gran persona llamada Natalia y con su compañera de apartamento, de nombre Noelvis.
No recuerdo a que parte de la playa fuímos, ni cómo se llamó el hotel donde compartí con las muchachas, quienes no dejaban de lucir ropas nuevas y sandalias varias dos veces al día. El desorden se apoderaba rapidamente de esa pequeña habitación debido al entusiasmo y la alegría de aquellas dos. No imaginaba que las playas de Juan Griego fueran tan frías y tranquilas. De todas formas, me sentía merecedora de aquel habitat desconocido, me dispuse a explorar el nuevo mundo en el que estaba y en el cual duraría menos de una semana.
Al día siguiente mis compañeras de viaje y yo, recorrímos otra parte de la isla. Los vendedores no dejaban de insistir para que compráramos su mercancía en la playa, cuando me percaté de un hombre blanco, un poco gordito, muy simpático a mi gusto, observandome a distancia. Sus ojos claros se fijaron en los míos como queriéndo conocerme, pero tenía la timidez de un adolescente para acercarse.
Yo caminaba por la playa, siguiendo su mirada,... nada pasó.
Al día siguiente traté de conseguir esos ojos claros en la playa, pero, no los hallé. Le pregunté a la persona que se permitía el gusto de atender con comida, bebidas y chismes a orillas de la playa, sobre el hombre blanco, que tomaba el sol cálidamente bajo la sombra de unas pocas palmeras secas, indagué si estaba con la familia o solo en ese lugar.
Atendiendo a la respuesta de aquel hombre, la cual fue positiva para mí, me entusiasmé a hablarle entonces al gordito, no de forma rápida. Sólo sería yo, con un ¡hola! muy tierno en la arena o en el mar.
Fue así que me enteré, que tu papá llegó una semana antes de Suiza y estaba aquí por sólo dos semanas de vacaciones. Su acento era extraño para mí. Él en cambio decía que mi voz era dulce y melodiosa. Me habló de sus viajes y aventuras, de sus desventuras y pérdidas en el amor, al final nos entendimos. Él volvería a la isla en Octubre nuevamente. Yo regresaría lastimosamente a mi casa al día siguiente.
Ni un beso. Ni una cercanía de cuerpos. Él intentaba buscar palabras para poder llegar a mí, pues, su español era muy básico, pero, para mí era increíblemente suficiente. Me dió de regalo su pulsera de oro, la cual me quedó tan grande que nunca coloqué en mi muñeca y luego se la devolví. Desde ese momento, fue cuando sentí que no había adquirido un regalo, ni un detalle, sino un compromiso deseado. Acordamos entonces encontrarnos nuevamente. De ser él para mí, me esperaría sin dudar seis meses. De ser yo para él, lo estaría deseando en esos seis meses, los cuales parecían pocos al momento. Dije: ¡yo esperaré!, aunque él no creyó en mis palabras.
Se acercó la hora de irme e intercambiamos correos y teléfonos para mantenernos posiblemente en contacto. Al tomar de nuevo el ferry, sentí que algo había sucedido dentro de mí de una forma estupenda. Las dudas y preguntas bailaban en mi cabeza ¿Esperaríamos el uno al otro?, yo estaba segura que sí, esperaríamos a lo lejos, ocurriera lo que ocurriera, pero, eso lo diría realmente el tiempo.
Así, me devolvió la sonrisa que había perdido en tiempos anteriores, me trajo la alegría anhelada. Sus ojos claros, dulzura, simpatía, alegría, el querer a alguien nuevamente, nos abría los brazos y el corazón a los dos, estaba dispuesto a amar apasionadamente como yo.
Sabía que él pensaba en mí cuando regresé a casa. Él sabía que yo pensaba en él, cuando todavía no había volado a Suiza,... su hogar. Así pasaron seis meses,... desesperados meses. Manteniendo comunicación por medio de Internet, por celular. Luchando contra los prejuicios de otra cultura, idioma, enfrentando las negativas de la familia, de las seis horas de diferencia entre cada país y sobretodo del cansancio.
Tu padre llegó un 13 de Octubre nuevamente. Vino a buscarme y a formar una nueva vida. Tanto él como yo renunciamos a todo lo que teníamos. Sólo llevamos dos maletas llenas de esperanza. Me reuní con él al día siguiente. No dejaba de temblar al verlo. Estaba delgado. Era más bajo de lo que recordaba la primera vez. Sus ojos enormes y grises, el encanto y la dulzura que lo caracterizaban se hacían más fuertes aún. Nos habíamos conocido a distancia, por medio de la tecnología. Nos esperábamos y deseábamos cada hora, cada mes, desde aquella despedida en la playa.
Así llegué a sus brazos, fue así que llegaste tú también a mi vientre y a nuestras vidas. Eres nuestro deseado y amado hijo, fruto de la pasión, del compañerísmo que sentimos tu padre y yo. Es a tí a quien esperamos ansiosamente ahora. Y es para tí esta carta que escribo con todo nuestro más tierno amor. |