| Edif. de una yugoslava |
| Escrito por Yully Mar Carmona de Helfer | |
| jueves, 21 de febrero de 2008 | |
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Plantas y arbustos rodeaban el gran muro gris que daba a aquella lúgubre entrada principal. De allí salió una señora mayor, de origen extranjero, quien lucía un aspecto descuidado y sucio en sus ropas, cuyo cuerpo había sido maltratado, consumido y destruido por el cigarrillo barato que compraba desde que había llegado a este país -según me dijo- en un kiosko de cualquier esquina. Se había transformado en lo que me hizo pensar que era, una mujer cuya piel se había marchitado por el pasar del tiempo en solitario. No conocía piel cercana -sólo la suya- la cual observada timidamente en el espejo oxidado de su baño. Una mujer no querida, escondida entre las plantas espinosas de su jardín. Una piel curtida y seca, llena de escamas. Ennegrecida por el sol que daba en la tarde en su balcón. Una mujer que envíaba en sus ojos una mirada de odio a todo lo bello que no le pertenecía. Fue ella, sólo ella, quien me hizo pasar a ese escondido, pequeño y solitario edificio, donde desde hace horas había reservado mi esposo, una de las habitaciones principales. Era entonces desconocido el olor desagradable que salía de una de las habitaciones que daba a la piscina, pero, no así, era desconocido por mí, un perfume que quedó impregnado en mi naríz, el cual no logré identificar inmediatamente. Pregunté por el olor y ella sólo se dispuso a contestar que no era de mi incumbencia saber sobre aquello, que tapara con un pañuelo mis orificios de la naríz, no hiciera ruído para molestar a los demás inquilinos y sólo me limitára a las cuatro paredes donde íbamos a ser conducidos y alojados. No deparé en saber más sobre el asunto. Solía salir temprano de la casa anterior con mi esposo, quien ahora trabajaba lejos de este apartamento que había sido alquilado por una suma millonaria. Aún así, me olvidé de él por esos días, pues él trabajaría en un proyecto muy importante en un hotel lejano. Fue así que transcurrieron mis días en el cuarto blanco. De día prendía el televisor y veía las noticias, la señora me llevaba el desayuno y el almuerzo a la cama y realmente no me daba hambre para la cena. Como todo quedaba alejado del edificio, mis días transcurrieron en las cuatro paredes blancas y la piscina, cerca del cuarto que ahora olía a eucaliptos, salvia y romero. No sé cuando comenzaron a ocurrir cosas extrañas. No supe en que momento me empezó a sobrar la comida. Mi cuerpo comenzaba a cambiar, igual que mi tez. Había adquirido el color amarillento de los asiáticos. Me sorprendí al ver mi cara en el espejo oxidado del baño. Había alimento como para diez personas hechado en la basura. Las cosas de la casa y documentos personales, aparecian movidos, registrados y muchas veces “desaparecidos” por mí sin darme cuenta. La señora era una criatura extraña. fueron muchas las veces que sentía una sombra deambular por los pasillos. Unos ojos vigilantes con oídos pegados a la puerta, escuchando mis gemidos tras un profundo orgasmo. Pisadas que eran cortas y misteriosas o alguien que espiaba y caminaba de puntillas. Sentía una presencia, pero nunca veía a nadie. Sospechaba y estaba segura que era la señora, queriendo llenar su curiosidad y morbo de esa forma. Empecé sin darme cuenta a hablar sola, pero tenía temor a ser escuchada. Mis gemidos eran atrapados por las sábanas blancas encogidas. Al entrar al cuarto, después de una ducha en la piscina, sucumbía en un largo silencio. Me olvidé de reír. No me había percatado que las demás habitaciones estaban vacías, desde antes de llegar al edificio. Que desde hace tiempo allí no habitaba más nadie, sólo yo. Era ella quien con quien sóla estába y no lo sabía. Una noche, salí a la piscina y observé la sombra del cuerpo desnudo más raquítico y flácido que haya visto. Era un supuesto del cuerpo de la señora en desnudo, quien creía que un ladrón se había introducido en su cuarto. Fue allí que su horrible cuerpo viejo me pareció la peor imagen vista en mi vida. Fue cuando recordé un comentario que me hizo una persona antes de descubrir el edificio, sobre una mujer que vivía sola y no gustaba de la gente, pero, como de alguna forma tenía que sobrevivir, alquilaba sólo un cuarto, por un mes. Se había escuchado de varias desapariciones por el lugar. Era extraño no saber nada de mi esposo desde hace varios días o meses. No sé cuanto tiempo he permanecido aquí. Entonces me dispuse a llamarlo, me sentí confundida y sin memoria. Fue cuando recordé que él me esperaba en una de las habitaciones que daba a la piscina. Fue cuando recordé ese desagradable olor a muerto con la esencia de perfume conocida. |